Entre los años 3300 y 3200 a.C., varias regiones del mundo experimentan transformaciones paralelas: crecimiento urbano sostenido, especialización económica y el surgimiento de instituciones capaces de coordinar a miles de personas.
Uruk se expande a una escala inédita, los templos se convierten en centros económicos, el comercio conecta regiones lejanas y aparecen sistemas de registro cada vez más sofisticados. No hablamos aún de imperios, pero sí de los mecanismos que los harán posibles.
Este siglo marca un cambio cualitativo: el poder deja de basarse únicamente en la fuerza o el prestigio personal y comienza a estructurarse a través del control del excedente, el registro y la coordinación de grandes proyectos.
La aparición de sellos administrativos, almacenes centralizados y normas compartidas indica que las sociedades empiezan a funcionar mediante reglas impersonales. Es el embrión del Estado: una forma de organización que sobrevivirá a quienes la dirigen.
Innovaciones como la rueda, el torno de alfarería y la estandarización de herramientas transforman la vida diaria. Los artesanos producen más, los intercambios se intensifican y las ciudades se vuelven espacios densos y especializados.
Al mismo tiempo, objetos simbólicos —amuletos, figurillas y sellos— revelan identidades sociales emergentes y nuevas formas de pertenencia.
Porque aquí se establecen los fundamentos de la política, la economía y la administración tal como las conoceremos en los milenios siguientes. Las sociedades dejan de ser agrupaciones locales y se convierten en sistemas interconectados.
La historia, entendida como organización compleja de personas, recursos e información, ya está en marcha.